La vida de Trigidia Jiménez siempre estuvo ligada al campo. El contacto con la tierra, con el sol y la naturaleza son lo suyo. Sus primeros recuerdos con la agricultura provienen de su padre, quien le transmitió el amor por la producción de alimentos cuando vivían en Mina San José, en Oruro, donde sembraban papa. Por eso no es raro que cuando le pusieron por primera vez en su mano una semilla de cañahua, ella sintió una conexión inmediata: “Es un poco complicado explicarlo, es como si me hubiera pasado una corriente eléctrica”. Fue amor a primera vista. 20 años después, la ingeniera agrónoma boliviana, gracias a la combinación de saberes científicos y ancestrales, se ha convertido en un referente internacional por su trabajo en la producción, transformación y comercialización de este cultivo inteligente que diferentes especialistas consideran como el superalimento del futuro.
Estos logros de la ingeniera de 54 años, una de las impulsoras de la Red Nacional de Saberes y Conocimientos en Cañahua, no pasaron desapercibidos. El pasado mes de abril fue reconocida como una de las “Líderes de la Ruralidad” de las Américas por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura. El premio, denominado “Alma de la Ruralidad”, es parte de una iniciativa para reconocer a hombres y mujeres que dejan huella y hacen la diferencia en el campo del continente americano, región clave para la seguridad alimentaria, nutricional y la sostenibilidad ambiental del planeta.
“Ser productor de alimentos es la carrera más sacrificada y la menos reconocida. Las familias que están dedicadas a la producción de alimentos son personas que aman lo que hacen y no abandonan su tierra. El reconocimiento no solo es a mí, sino a todos los productores de cañahua que tienen esa fortaleza de no dejar lo que les apasiona”, afirma.
Los logros alcanzados en los últimos años han permitido la industrialización de la cañahua para ser consumida como harina, pito (harina precocida en Bolivia), insuflados, barras energéticas, galletas y sopas, entre otros usos. La Granja Samiri, cuyo espacio de producción abarca entre las 80 a 100 hectáreas, colabora con el Instituto Nacional de Innovación Agropecuaria y Forestal hace más de 10 años. En este tiempo se ha trabajado en cuatro ecotipos de cañahua, de los cuales variedades como la Wila y la Samiri ya han sido liberadas. El grano también se produce en países como Ecuador, Chile y Perú. Solo en Bolivia existen más de 800 ecotipos de este cultivo. “Hemos podido ver que cada color de la cañahua tiene una vocación de transformación, que puede ser específicamente para diferentes usos en la industria de alimentos”, precisa.
La ingeniera es consciente de que aún queda trabajo por delante y explica que, para domesticar y liberar una subespecie silvestre, se necesita de seis a siete ciclos agrícolas (siembra y cosecha –una vez al año–) para alcanzar un cultivo con 99% de pureza varietal. “Bolivia tiene un potencial genético en lo que es la cañahua. Hay mucho todavía por trabajar en los ecotipos hasta lograr y manifestar su máxima expresión genética”, agrega.
Una de las columnas para el éxito de Granja Samiri, según Jiménez, fue la fusión del conocimiento ancestral y el científico, una combinación fundamental para lograr un emprendimiento rural sostenible. A quienes guarda mucho respeto y recuerda con gran cariño es a sus suegros. Ambos, con una “conexión directa con la naturaleza” y un conocimiento “exquisito” sobre la cañahua, le enseñaron sobre los procesos de producción y transformación. “A veces las universidades son muy cuadradas. Te dicen que uno tiene todo el poder de solucionar las cosas. Mi suegro me enseñó a respetar y a pedir permiso a la madre tierra para que nos dé una buena producción, a respetar el espacio que tiene cada ser viviente en el ecosistema porque cada uno cumple un rol y una función. Son conocimientos que hay que recuperar”, afirma.
#SomosPrensa #SomosAgro
#SomosSantaCruzAgropecuario


