El proyecto desarrolla cultivos experimentales de quinua, papa, pepinos, ajíes frutilla y melón. El tomate es el cultivo más desarrollado dentro de la iniciativa
En el altiplano boliviano, donde durante años muchas familias sobrevivieron con cultivos de bajo rendimiento y una agricultura golpeada por las heladas, la sequía y la falta de tecnología, un proyecto intenta cambiar la historia y convertir a la región en un nuevo polo de producción agrícola.
Diferentes variedades hortalizas y frutas cultivados a más de 4.000 metros de altura, además de semillas de papa desarrolladas en laboratorio, entre otros forman parte de la apuesta de Orkídea Andina, un emprendimiento que mezcla innovación agrícola, financiamiento y trabajo con comunidades rurales.
La iniciativa comenzó hace siete años con pruebas pequeñas y hoy ya trabaja con familias piloto en distintas regiones del altiplano. La meta es convertir pequeñas parcelas campesinas en unidades productivas capaces de abastecer la demanda al interior del país.
“El problema no es que el altiplano no produzca, lo que falta es tecnología”, afirma Guillermo Pou Munt, fundador y CEO de Orkídea Andina.
Más allá del plástico amarillo

En los invernaderos del proyecto ya no se utiliza tierra tradicional. Las plantas crecen en sustratos estériles y reciben agua y nutrientes mediante sistemas automatizados de fertirriego.
El objetivo es reducir pérdidas, optimizar el uso de agua y aumentar la productividad.
“Queremos sacarnos de la cabeza ese esquema del campesino pobrecito que está con sus adobes y su plastiquito amarillo para un campesino moderno que incorpora tecnología, que puede invertir, pagar y amortizar como un negocio cualquiera”, sostiene Pou Munt.
La diferencia es visible, ya que un solo invernadero de 700 metros cuadrados puede producir alrededor de una tonelada semanal de tomate en sus mejores ciclos. Cada planta entrega cerca de 12 kilos durante el periodo de producción.
Las variedades utilizadas son de crecimiento indeterminado, lo que significa que las plantas pueden mantenerse activas durante periodos largos. “Tenemos plantas aquí que han crecido hasta 30 metros de largo”, explica.
Familias y arraigo

Actualmente, Orkídea Andina trabaja con 10 familias piloto distribuidas en distintas zonas del altiplano. Algunas cuentan con invernaderos pequeños de 80 metros cuadrados y otras con estructuras mucho más grandes.
El proyecto no funciona bajo una lógica asistencialista. Las familias ingresan a un modelo empresarial en el que producen, reciben capacitación y acceden a financiamiento para expandirse. “Este es un modelo empresarial donde no hay regalos. No es responsabilidad social, es nuestro negocio”, remarca Pou Munt.
Uno de los aspectos que más valora el proyecto es el llamado “arraigo económico”, es decir, que las familias quieran permanecer en sus comunidades y construir allí su futuro.
“Hay mucha gente que se está quedando en el altiplano. Tienes las personas, tienes el espacio y tienes el agua. Lo que falta es generar condiciones para que producir sea rentable”, sostiene.
El mayor desafío
La expansión del proyecto depende ahora de atraer inversiones. La visión no es convertirse en un gran productor único, sino construir una red de cientos de pequeños productores conectados entre sí.
“La idea es tener muchos productores. Ahí está el negocio. Recién estamos empezando con las familias campesinas. La idea es empezar con 10 o 15 familias y después escalar a 50 o 60. Hay mercado”, afirma Pou Munt.
Una familia necesita entre 90.000 y 100.000 bolivianos para instalar un invernadero pequeño con sistemas automatizados de riego. Aunque la inversión inicial es alta, Pou Munt asegura que los materiales están diseñados para durar años.
“Los primeros cinco o siete años no vas a tener problemas de mantenimiento, no vas a tener que estar cambiando los plásticos ni nada”, señala y explica que al primer invernadero pequeño se sumar tres más con el mismo sistema de riego a costos más bajos.
La empresa también trabaja en mecanismos para facilitar el acceso al crédito mediante garantías no convencionales. “No solamente la tierra puede ser garantía. También pueden servir contratos, animales o acuerdos de producción”, señala y subraya que las familias pueden acceder a financiamiento sin depender exclusivamente de la propiedad de la tierra.
Alimentos del altiplano
Además del tomate, se desarrolla pruebas con quinua, papa, melón, sandía, pepino, ajíes, frutillas y lechugas, entre otros, una de las apuestas más importantes es la producción de semillas de papa para mejorar los bajos rendimientos agrícolas en Bolivia.
El CEO de Orkídea Andina, asegura que mientras en el país el promedio apenas alcanza ocho toneladas por hectárea, otros países superan fácilmente las 30 o 40 toneladas gracias al uso de semilla certificada y tecnología agrícola. “Bolivia produce papa, pero el rendimiento es tan bajo que no cubre los costos”, advierte Pou Munt.
En el caso de la quinua, el proyecto busca elevar el rendimiento promedio del altiplano de 500 kilos por hectárea hasta tres toneladas mediante selección de semillas y sistemas de riego.
El sabor de la altura
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La producción en altura también tiene ventajas que Orkídea Andina quiere convertir en una oportunidad comercial. Según las pruebas del proyecto, los alimentos cultivados en el altiplano desarrollan mayor dulzor y concentración de nutrientes.
“En la altura el producto tiende a ser más dulce, con mayor cantidad de micronutrientes y taninos”, explica Pou Munt. Eso ocurre con los melones, las frutillas y también con variedades especiales de pepino introducidas por el proyecto.
Uno de ellos es el pepino Takeshi, una variedad japonesa con menos agua y menos semillas que el pepino tradicional. “Puedes agarrar para piqueos. No te hace daño al estómago”, comenta.
Aunque los resultados productivos ya son visibles, el desafío sigue siendo crecer. Según el empresario, La Paz y El Alto demandan semanalmente entre 20 y 50 toneladas de tomate, gran parte proveniente de Perú. Actualmente, la producción de Orkídea Andina todavía está lejos de cubrir ese mercado.
Cultivos experimentales con alto valor comercial
Entre los cultivos experimentales de Orkídea Andina aparecen frutillas blancas traídas desde Estados Unidos, melones suspendidos en el aire y pepinos pensados para mercados gourmet.
En uno de los invernaderos del proyecto crecen las primeras frutillas blancas adaptadas al altiplano boliviano. “Hemos hecho la prueba 1.000 semillas, han salido 50 plantitas viables, han sobrevivido unas 10 y de ahí empieza la multiplicación. Pero esas 10 ya son andinas, ya están adaptadas”, destaca Pou.
En la degustación de la frutilla blanca se siente un sabor a piña y manzana y un fruto más harinoso.Otros cultivos especiales son los de melones cultivados bajo técnicas japonesas, donde los frutos crecen suspendidos para evitar el contacto con el suelo y los pepinos gigantes con menos semillas para su consumo.
Fuente: El Deber


