Brasil hace de los bioinsumos un negocio de US$ 1.300 millones que cambia el agro

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El 85% de la soja brasileña ya utiliza bacterias para fijar nitrógeno y el mercado de productos biológicos apunta a crecer otro 46% hacia 2030.

Brasil llevó los bioinsumos a una escala que ya mueve alrededor de R$ 7.000 millones -unos US$ 1.340 millones- y los convirtió en una pieza económica de su agricultura. El dato difundido por Embrapa adquiere otra dimensión al mirar el campo: cerca del 85% de la superficie sembrada con soja utiliza bacterias capaces de fijar nitrógeno, una tecnología que permite reducir el uso de fertilizantes químicos, bajar costos y recortar emisiones asociadas a la producción.

El negocio comprende productos de biocontrol, inoculantes, movilizadores de nutrientes y biofertilizantes. Las estimaciones de la Asociación Nacional de Promoción e Innovación de la Industria de Biológicos proyectan que el mercado podría alcanzar R$ 10.000 millones -aproximadamente US$ 1.920 millones- en 2030, lo que supondría una expansión cercana al 46%.

Detrás de ese crecimiento existe una trayectoria científica de varias décadas. Mariangela Hungria, investigadora de Embrapa y una de las principales especialistas brasileñas en microbiología del suelo, atribuye buena parte del avance al desarrollo de microorganismos adaptados a las condiciones agrícolas del país.

La soja fue el gran laboratorio de esa transformación. La investigación permitió perfeccionar la fijación biológica de nitrógeno, un proceso mediante el cual determinadas bacterias asociadas a las raíces capturan nitrógeno de la atmósfera y lo ponen a disposición de las plantas.

El 85% de la soja ya trabaja con bacterias para obtener nitrógeno

La escala alcanzada por esta tecnología resulta especialmente relevante en un país que se encuentra entre los mayores productores mundiales de soja. En lugar de depender exclusivamente de fertilizantes nitrogenados industriales, millones de hectáreas aprovechan microorganismos para cubrir una parte esencial de las necesidades nutricionales del cultivo.

Según Embrapa, el uso de fijación biológica de nitrógeno permitió generar en la última cosecha un ahorro estimado en R$ 146.160 millones, equivalente a unos US$ 28.000 millones. La institución calcula además que la sustitución evitó aproximadamente 280 millones de toneladas de CO? equivalente.

Brasil hace de los bioinsumos un negocio de US$ 1.300 millones que cambia el agro

Para dimensionar esa cifra, Embrapa la compara con retirar de circulación durante un año alrededor de 60 millones de automóviles.

La inoculación tampoco queda restringida a campos donde las bacterias todavía no están establecidas. Los ensayos realizados en Brasil muestran que volver a aplicar inoculantes cada campaña puede aportar respuestas productivas incluso en suelos donde esos microorganismos ya se encuentran presentes.

Esta característica convirtió a los productos biológicos en algo más que una herramienta ambiental. El productor encuentra un incentivo económico concreto cuando la tecnología permite gastar menos fertilizante o capturar más rendimiento por hectárea.

El Cerrado tuvo un papel central en esa historia. Adaptar microorganismos y prácticas de inoculación a sus condiciones permitió acompañar la expansión de la soja sobre una de las principales regiones agrícolas del país y demostrar que la microbiología podía incorporarse a sistemas productivos de enorme escala.

Del éxito en soja a maíz, trigo, arroz, caña y pasturas

El siguiente paso ya está ocurriendo fuera de la oleaginosa. Los bioinsumos avanzan sobre maíz, trigo, arroz, caña de azúcar y pasturas, cultivos en los que mejorar la eficiencia de los nutrientes puede tener un impacto considerable sobre los costos.

Solo los inoculantes destinados a gramíneas superan actualmente los 40 millones de dosis comercializadas por año en Brasil. A diferencia de lo que ocurre con la soja, estos productos no eliminan completamente la necesidad de fertilizantes nitrogenados en cultivos como el maíz.

Su función es otra: ayudar a que la planta utilice mejor los nutrientes disponibles. Bajo determinadas condiciones, Embrapa señala que esta estrategia puede permitir reducciones de hasta el 25% en la fertilización nitrogenada de cobertura.

El efecto económico cobra importancia para Brasil debido a su dependencia de fertilizantes importados. Cualquier tecnología capaz de reducir parcialmente esa exposición sin sacrificar productividad ofrece al productor una herramienta para manejar costos y, al mismo tiempo, disminuye la huella de carbono asociada a determinados insumos.

El crecimiento acelerado también obliga a prestar atención a la calidad de lo que llega al mercado. Especialistas del sector señalan la necesidad de avanzar en trazabilidad, seguridad, control de calidad y reglas adaptadas a las particularidades de cada microorganismo, evitando tratar todos los productos biológicos como si fueran equivalentes.

La investigación seguirá siendo determinante. No todos los microorganismos funcionan igual en cualquier cultivo, suelo o ambiente, y su desempeño depende de factores como formulación, almacenamiento, aplicación y condiciones del lote.

Brasil consiguió, sin embargo, llevar una tecnología que durante años estuvo asociada principalmente a laboratorios y parcelas experimentales hasta millones de hectáreas comerciales. Con un mercado superior a US$ 1.300 millones y una proyección cercana a US$ 2.000 millones para 2030, los microorganismos ya forman parte de las cuentas económicas del agro brasileño.

Y el dato de la soja muestra hasta dónde puede llegar esa escala: cuando ocho de cada diez hectáreas dependen de bacterias para mejorar su nutrición, hablar de bioinsumos deja de ser una promesa tecnológica y pasa a describir una práctica instalada en uno de los mayores sistemas agrícolas del planeta.

Fuente: AgroLatam

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