El economista surcoreano Ha-Joon Chang, profesor de la SOAS University of London y uno de los críticos más lúcidos del dogma del libre comercio, tiene un diagnóstico sin contemplaciones para Argentina: un país con talento excepcional que sigue conformándose con exportar materias primas, que repite ciclos de sobrevaluación cambiaria y crisis financiera sin corregir el fondo del problema, y que en el actual gobierno ni siquiera discute cómo aumentar su capacidad exportadora real. La advertencia la formuló en una entrevista extensa concedida al periodista Jorge Fontevecchia en el programa Periodismo Puro, emitida este domingo.
Chang es autor de «Patear la escalera», obra publicada hace más de dos décadas en la que demostró que los países hoy ricos utilizaron el proteccionismo y la intervención estatal para industrializarse, y luego negaron esas mismas herramientas a las naciones en desarrollo. La llegada de Donald Trump al poder con una agenda arancelaria agresiva le da, según él mismo admitió, una razón parcial para reivindicar aquel argumento, aunque con un matiz crucial: los aranceles solos no construyen industria.
El problema de los aranceles sin estrategia
Para Chang, la política arancelaria de Trump es un instrumento sin plan. Los aranceles pueden crear el espacio para que las empresas protejan su mercado, inviertan y ganen productividad, tal como ocurrió en Estados Unidos en el siglo XIX o en Corea del Sur y Japón en el siglo XX. Pero solo funcionan si van acompañados de una exigencia explícita a las empresas beneficiadas: que inviertan, que aumenten su eficiencia, que en un horizonte de cinco o diez años sean competitivas internacionalmente. «No hay ningún plan para esas cosas en la estrategia arancelaria del señor Trump», señaló.
La comparación con Argentina no es casual. El economista advirtió que algo similar ocurrió en el país sudamericano en décadas pasadas: el Estado brindó protección, pero no logró exigir a las empresas que invirtieran ni que aumentaran su productividad. El resultado fue una industria que sobrevivió al abrigo del arancel, pero nunca se volvió competitiva en los mercados globales.
A eso se suma, según Chang, una debilidad estructural que ninguno de los últimos gobiernos norteamericanos abordó: las grandes corporaciones estadounidenses destinaron entre el 90% y el 95% de sus ganancias a dividendos y recompra de acciones en los últimos treinta años, en lugar de reinvertirlas. «Es una cifra asombrosa», dijo. En 1950, Estados Unidos producía el 60% de la manufactura mundial. Hoy produce entre el 16% y el 17%. China, que «fabrica todo» en el imaginario popular, produce alrededor del 30%.
El ascenso de China y el nuevo mapa comercial
Uno de los datos más contundentes de la entrevista fue la constatación de un cambio geopolítico que ya es un hecho consumado en América Latina: hace quince años, el principal socio comercial de Argentina era Estados Unidos. Hoy es China. Y ese patrón se repite en casi todo el mundo en desarrollo, salvo en algunos países de Centroamérica y el sudeste asiático.
Chang ubicó este fenómeno en una trayectoria deliberada: China no solo se insertó en la economía global como plataforma de manufactura barata, sino que fue sofisticando sistemáticamente su aparato productivo. Hoy lidera la construcción naval, avanza con fuerza en semiconductores y domina de manera casi monopólica el procesamiento de tierras raras, los minerales críticos que se necesitan para fabricar chips de alta tecnología, imanes para geolocalización y componentes de la industria armamentística. «Según el mineral particular, entre el 70 y el 90% de la producción y el procesamiento mundial lo controla China», precisó. Ese fue, según él, uno de los factores que obligó a Trump a dar marcha atrás en su escalada arancelaria más agresiva.
Europa sin estrategia, Argentina sin ambición
El diagnóstico sobre Europa fue severo: el continente tiene capacidad tecnológica, universidades, mano de obra calificada, pero carece de una política industrial unificada. El modelo Airbus —en el que Francia, Alemania, el Reino Unido y España coordinaron esfuerzos estatales para construir un competidor global— no tiene hoy equivalente en ninguna industria estratégica. «Empiezo a preguntarme si Europa tiene lo que hace falta para estar a la altura en esta carrera», afirmó.
Sobre Argentina, Chang fue más duro aún en términos históricos y humanos. Recordó que hasta 1970 el país producía más manufacturas que China, que a fines de los setenta la industria representaba el 38% del PIB, y que hoy ese número ronda el 13% o 14%. Y trazó un paralelo con Corea del Sur: cuando Hyundai fabricó sus primeros diez mil automóviles en 1976, Ford producía 1,9 millones y General Motors 4,8 millones. La empresa coreana tenía la ambición de competir con esos gigantes. En 2009 superó a Ford. En 2015, a General Motors. «Me entristece ver a un país con el nivel de talento de Argentina conformarse con ser productor de soja y carne», dijo.
El ciclo cambiario que se repite
Sobre la economía actual, Chang identificó un patrón que, en su lectura, trasciende al gobierno de Javier Milei y se remonta a décadas: la sobrevaluación de la moneda como mecanismo para proteger el poder adquisitivo de la clase media, a costa de encarecer las exportaciones, acumular deuda, y terminar en una crisis cambiaria que requiere rescates del FMI o de terceros. «Sea cual sea el régimen que haya tenido en Argentina, ya sean peronistas o el señor Milei, siempre existió este problema», señaló.
El economista no descartó que una sobrevaluación transitoria pueda tener sentido si sirve para estabilizar la macroeconomía. Pero subrayó que esa estabilidad debe ser usada para invertir, aumentar la productividad y hacer las exportaciones más competitivas antes de devaluar. «Lamentablemente, esa segunda parte aún no ha llegado», dijo, y añadió que el gobierno actual ni siquiera plantea ese debate.
Pragmatismo sobre ideología
Cuando Fontevecchia le preguntó por la escuela austríaca de economía que profesa Milei, Chang respondió desde su pluralismo declarado. Dijo que entre sus tres economistas favoritos están Karl Marx, Friedrich von Hayek y Herbert Simon, lo que suele provocar perplejidad en su auditorio. «Tanto Hayek como Marx fueron pensadores muy profundos», afirmó. Pero agregó que sus seguidores tienden a radicalizar sus posiciones más allá de lo que el propio pensamiento original justifica. «Con Hayek, como con Marx, sus defensores tienden a adoptar posiciones muy extremas», sintetizó.
Su prescripción para Argentina, como para cualquier país que quiera desarrollarse, es el pragmatismo. Citó a Singapur, donde el 90% de la tierra es propiedad estatal y el 85% de las viviendas las provee una empresa pública, pero donde al mismo tiempo se aplica una política muy abierta a la inversión extranjera. Citó a Suecia, donde una sola familia controla empresas equivalentes al 40% del mercado bursátil, pero las reinvierte sistemáticamente en la economía. Y cerró con Deng Xiaoping: «No me importa si el gato es blanco o negro; lo que importa es que cace ratones.»
Fuente: ReporteAsia


