El té boliviano convierte calidad y origen en valor para el mercado externo

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Cultivo. Con ciencia, producción artesanal y una apuesta por la calidad, el té boliviano se abre espacio en los mercados premium y genera mayor valor desde el campo

A 1.500 metros sobre el nivel del mar, en las montañas húmedas de Caranavi, cada brote de té se cosecha a mano. Allí, donde la neblina acompaña buena parte del año y los suelos ácidos favorecen el desarrollo de la Camellia sinensis, una planta originaria de Asia encontró hace décadas un nuevo hogar. Hoy, esa combinación de naturaleza, conocimiento y paciencia comienza a dar frutos fuera de las fronteras del país.

David Quispe Flores, productor de Té de Montaña, obtuvo la medalla de oro en la categoría de té verde durante la V Competencia de Té Artesanal de Sudamérica, realizada en Argentina. El certamen también distinguió a José Nelson López, de Té Brotes Infusiones de Mi Tierra, con una mención Gourmet en té rojo, mientras que la boliviana Grissel Vergara Flores alcanzó el tercer lugar en el Duelo de Catadores de Té. Más que una suma de premios, los resultados reflejan el crecimiento de un producto que comienza a posicionarse entre los mejores de la región.

El reconocimiento también fue destacado por la viceministra de Gastronomía, Sumaya Prado, quien afirmó que cada premio obtenido por los productores nacionales representa también un reconocimiento para Bolivia. “Estos logros fortalecen nuestro patrimonio alimentario y abren nuevas oportunidades para que la producción boliviana siga ganando reconocimiento en los mercados internacionales”, sostuvo la autoridad.

La medalla de oro obtenida por Quispe en la categoría de té verde, con 75,3 puntos, no llegó de un día para otro. Detrás del reconocimiento hay más de cuatro décadas de trabajo familiar. Sus padres comenzaron a cultivar té en la década de 1980, cuando la cooperación china impulsó la recuperación de las plantaciones en Caranavi. Años después, junto a su hermano Godo, consolidó un emprendimiento que apostó por producir té en hebras, un segmento de mayor calidad y valor agregado que las tradicionales presentaciones en saquitos.

“En todo este proceso siempre hemos coadyuvado con el medio ambiente, haciendo que la fauna y la flora permanezcan presentes en la zona”, explicó Quispe al destacar el modelo de producción que desarrolla su familia. El proyecto alcanzó su etapa comercial en 2019 y hoy produce té verde y negro destinado a consumidores que buscan infusiones elaboradas con hojas enteras y procesos artesanales.

La historia se repite, con matices propios, a cientos de kilómetros de distancia. En el Chapare cochabambino, José Nelson López continúa el trabajo iniciado por sus padres, quienes a finales de la década de 1990 incorporaron plantines de Camellia sinensis procedentes de Japón para impulsar el cultivo del té. Tras la experiencia colectiva de la marca Té Chapare, la familia decidió crear su propio emprendimiento, Té Brotes Infusiones de Mi Tierra, desde donde hoy produce té verde, negro y blanco con la mirada puesta en mercados especializados.

Del cultivo tradicional al producto premium

Durante décadas, Bolivia estuvo asociada al café de altura, al cacao amazónico o a la quinua del altiplano. El té permaneció casi en silencio, lejos de los grandes mercados y del reconocimiento internacional. Sin embargo, las mismas condiciones naturales que favorecen otros cultivos de especialidad también han resultado decisivas para el desarrollo de la Camellia sinensis en los Yungas paceños y en algunas zonas tropicales de Cochabamba. 

La explicación también tiene respaldo científico. En su investigación Comparación de las propiedades bioquímicas y fisiológicas del té (Camellia sinensis) de Caranavi y Chimate, la bioquímica Guivanna Basilia Tapia Camacho, de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), explica que las plantaciones de Caranavi se desarrollan en un ambiente de clima cálido y húmedo, abundantes precipitaciones, temperaturas moderadas y suelos ácidos, condiciones que favorecen tanto el crecimiento de la planta como la formación de los compuestos responsables del aroma, el sabor y las propiedades antioxidantes del té.

Pero el paisaje explica solo una parte de la historia. La calidad también depende de lo que ocurre después de la cosecha. Una misma planta puede dar origen a tés verdes, negros, blancos o rojos. La diferencia no está en la especie cultivada, sino en el procesamiento de las hojas: el tiempo de marchitado, la oxidación, el secado y el manejo artesanal determinan el perfil sensorial que finalmente llega a la taza.

Esa combinación entre condiciones naturales y conocimiento técnico es la que empieza a abrirle espacio al té boliviano en un mercado donde los consumidores ya no buscan únicamente una bebida caliente. Buscan origen, trazabilidad, procesos sostenibles y sabores diferenciados. Buscan aquello que convierte a un producto agrícola en una experiencia y en un alimento con mayor valor agregado.

Ese cambio de lógica también transforma la economía del cultivo. Ya no se trata únicamente de vender hojas de té, sino de construir una marca alrededor del origen, la producción artesanal, la sostenibilidad y la experiencia del consumidor. 

Para Bolivia, el desafío apenas comienza. Consolidar este reconocimiento exigirá mantener estándares de calidad, fortalecer la capacitación de productores, ampliar la promoción internacional y desarrollar una cadena que permita transformar un cultivo tradicional en una industria de especialidad. Los premios son una carta de presentación; el verdadero reto será convertir ese prestigio en nuevas oportunidades de negocio para cientos de familias que viven del campo.

En los mercados de especialidad ya no basta con producir un buen alimento. El consumidor quiere conocer su origen, quién lo cultivó, cómo fue elaborado y qué historia acompaña cada producto. Esa trazabilidad se ha convertido en una de las principales fuentes de valor.

Es probable que, mientras termina de leer este reportaje, tenga una taza de té entre las manos. Tal vez la disfrute por costumbre, por placer o simplemente para hacer una pausa en la jornada. Lo que quizá no imaginaba es que detrás de esa infusión cotidiana hay décadas de investigación, innovación agrícola, emprendimientos familiares y un mercado dispuesto a reconocer la calidad. 

Fuente: El Deber

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