Escribe: Ing. José Terry Pacheco, gerente general de Consultoría Ingeniería Terrycola
Por su diversidad climática, experiencia histórica y ventajas competitivas, el Perú podría convertirse en una potencia florícola. Sin embargo, la falta de políticas, investigación y visión de largo plazo mantiene a este sector muy por debajo de su verdadero potencial.
Un país privilegiado para el cultivo de flores
Gracias a su extraordinaria biodiversidad, el Perú reúne 84 de las 117 zonas de vida del planeta y 28 de los 32 tipos de clima existentes en el mundo, lo que lo posiciona como uno de los países con mayor potencial para la producción de una diversidad de cultivos, empezando por las flores. Esta riqueza natural, reflejada en el mapa agronómico nacional, permite el cultivo de una amplia diversidad de especies ornamentales a lo largo de la costa, sierra y ceja de selva, durante todo el año.
Desde los valles costeros hasta las alturas y las zonas de transición amazónica, el país ofrece nichos ecológicos únicos, donde variables como temperatura, radiación solar, humedad relativa, precipitación, altitud y, especialmente, latitud —un factor poco considerado pero clave en la duración del día y la floración— generan ventanas productivas que otros países no poseen.

Regiones florícolas y diversidad productiva
El potencial florícola del Perú se expresa claramente por regiones: En Áncash, el Callejón de Huaylas (entre los 2000 y 3800 m s. n. m.), principalmente, Caraz tiene potencial para la producción de Gypsophila, claveles, statice, lirios, astromelias, rosas, gladiolos, proteas y, más recientemente, tulipanes, hoy cultivados con éxito en zonas como Huaraz y Recuay.
Desde la introducción del cultivo hace 15 años, Huaraz viene consolidándose como un importante productor de tulipanes, con más de 40 variedades en ocho colores distintos, destinados al abastecimiento del mercado peruano. Este avance ha sido posible gracias a las favorables condiciones climáticas de la zona, así como a la inversión sostenida en tecnología e infraestructura.
Por su parte, Tarma, en la región Junín, conocida como la “Perla de los Andes” y ubicada a 3050 metros sobre el nivel del mar, ofrece paisajes que semejan coloridas alfombras naturales, resultado de la diversidad de cultivos florícolas. En esta zona se producen alhelíes, claveles, clavelinas, lirios, gladiolos, rosas, astromelias o lirios del inca, hortensias, gipsofilias y girasoles, entre otras especies.

Valles de Lima (Cieneguilla, Lurín, Mala, Puente Piedra, Huaral, Sayán), entre 500 y 1.500 m s. n. m.: crisantemos, lisianthus, gerberas, zantedesquias, agapantos, girasol y statice.
Monsefú, Chiclayo, conocida como la Ciudad de las Flores, a solo a 28 m s. n. m.: claveles, crisantemos, gladiolos y gypsophila.
Arequipa (valle del río Chili, Cerro Colorado, La Joya, Majes), entre 1000 y 2500 m s. n. m.: rosas, claveles, hortensias, alstroemerias y crisantemos.
Valle de Ica, alrededor de los 500 m s. n. m.: wax flower, anigozanthus y liatris.
Ceja de selva (Chanchamayo y Satipo en Junín, Oxapampa en Pasco, y Quillabamba en Cusco), entre 800 y 2000 m s. n. m.: orquídeas, heliconias, anturios, ave del paraíso, helechos y follajes ornamentales.
Esta diversidad demuestra que el país no solo puede producir flores, sino especializarse según ecosistemas, optimizando calidad y competitividad.

Caraz: el invernadero natural del Perú
Un capítulo emblemático de la floricultura nacional se escribió en la provincia de Caraz. Allí, en los años 80, el pionero Peter Ullrich impulsó un modelo productivo altamente tecnificado, introduciendo cultivos de clavel estándar y miniatura, gypsophila, lirios asiáticos y orientales, liatris, girasol, campánula, allium, entre más de 50 variedades cultivadas de manera continua durante todo el año.
La tecnología, traída desde Colombia junto al ingeniero Pablo Aparicio Molina, incluyó riego presurizado computarizado, iluminación cíclica en campo, cámaras de frío, transporte terrestre y aéreo refrigerado, invernaderos, laboratorios de fitopatología, análisis de suelos y cultivo de meristemos.
El impacto fue profundo: la floricultura transformó una agricultura tradicional de carácter semifeudal en una actividad moderna, intensiva en mano de obra y altamente especializada. Más del 60 % de los trabajadores fueron mujeres, lo que modificó positivamente la dinámica económica y social de las familias del Callejón de Huaylas.
En su mejor momento, Caraz llegó a producir el 80 % de las flores del país, con 95 % destinado a la exportación, abasteciendo mercados exigentes como Estados Unidos, Canadá, Alemania y los Países Bajos.
Del auge al estancamiento
Este auge se debilitó en la década del 90 debido a problemas político-sociales, que hizo inviable la actividad empresarial. Como consecuencia, técnicos peruanos capacitaron a profesionales en Ecuador, país que sí ofreció condiciones favorables y hoy exhibe resultados contundentes.
Las cifras reflejan la brecha:
- Perú: menos de 300 hectáreas, exportaciones cercanas a $10 millones anuales.
- Colombia: más de 6500 hectáreas, $1400 millones en exportaciones.
- Ecuador: 2500 hectáreas, $800 millones anuales.
Desde 2014, según datos de Sierra Exportadora (hoy Agromercado), el país ha experimentado un retroceso en área cultivada, innovación genética, biotecnología, riego tecnificado, cadena de frío y calidad exportable. A ello se suma la preocupante ausencia de universidades que formen especialistas en floricultura, pese a tratarse de una agricultura intensiva en fisiología vegetal, manejo de fotoperiodo, fertilización por etapas fenológicas y control biológico.
Una oportunidad que exige decisión
La floricultura sentó bases sólidas para el desarrollo regional y puede volver a hacerlo. Es una actividad estratégica para generar empleo, especialmente femenino, dinamizar economías y evitar el éxodo rural. Pero para reactivarla se requiere una visión integral.
El camino pasa por fortalecer la trilogía agrícola:
- El Estado, financiando, regulando y garantizando mercados justos.
- Las universidades y centros de investigación, investigando, innovando y formando profesionales especializados.
- Los pequeños empresarios y agricultores familiares, produciendo con tecnología, sostenibilidad y calidad.
A ello se suma la necesidad de invertir en material vegetal de excelencia, riego tecnificado, iluminación y automatización, control integrado de plagas, postcosecha especializada y, sobre todo, una cadena de frío ininterrumpida, desde el campo hasta el consumidor final.

Más que flores: desarrollo y futuro
La exportación de flores peruanas va mucho más allá de embellecer mercados internacionales. Es un motor económico, un generador de empleo y una vitrina del potencial productivo del país. Cada flor que cruza fronteras representa conocimiento, biodiversidad y esfuerzo colectivo.
Reactivar la floricultura no es solo una opción productiva: es una decisión estratégica para que el Perú vuelva a florecer en los mercados globales y asegure que esta riqueza natural y humana siga dando frutos para las futuras generaciones.
Fuente: AGRO PERÚ


