El Congreso Internacional de la Soya, organizado recientemente por la Asociación Nacional de Productores de Oleaginosas y Trigo (Anapo), dejó importantes reflexiones sobre la situación sanitaria y productiva del cultivo en Santa Cruz. Los especialistas coincidieron en que los desafíos actuales —especialmente la sequía derivada del cambio climático— exigen repensar el manejo de suelos, aumentar el aporte de materia orgánica y aplicar prácticas sostenibles como los cultivos de servicio.
El estado de los suelos cruceños
El agrónomo Edward Peña advirtió que en los últimos 25 años los suelos agrícolas de Santa Cruz han perdido hasta un 40% de su materia orgánica, lo que compromete la productividad de la región.
“La materia orgánica está compuesta por residuos de origen vegetal o animal que, al descomponerse, se convierten en nutrientes para las plantas. Es la madre de los nutrientes; si aportamos materia orgánica, aportamos fertilidad al suelo”, explicó el especialista.
Peña señaló que la principal causa de esta pérdida es el bajo aporte de biomasa: muchos agricultores no devuelven al suelo los nutrientes extraídos con sus cultivos. Como ejemplo, indicó que en la zona Este deberían dejarse sobre la superficie al menos 17 toneladas de rastrojo seco por hectárea cada año. Sin embargo, muchas veces este material se incorpora o quema, lo que provoca su oxidación y la liberación de dióxido de carbono (CO₂) a la atmósfera.
El especialista enfatizó que mantener una buena cobertura de rastrojo permite proteger al suelo de las altas temperaturas, conservar la humedad, favorecer la actividad microbiana y reducir la salinización. Bajo estas condiciones, el cultivo de soya puede expresar un mayor potencial productivo.
Cultivos de servicio: una alternativa sostenible
El investigador argentino Gervasio Piñeiro coincidió en que los suelos cruceños presentan un déficit crítico de materia orgánica. Por ello, recomendó implementar cultivos de servicio, que no se cosechan pero ayudan a mejorar la salud del suelo y reducir la dependencia de herbicidas y fertilizantes químicos.
“Con Anapo estamos trabajando en diagnósticos lote por lote para identificar qué nutrientes se han perdido y, en función de eso, diseñar cultivos que contribuyan a recuperar el equilibrio del sistema agrícola, tanto en campañas de verano, otoño como zafriña”, explicó.
Piñeiro subrayó que los efectos de la sequía se sienten con mayor fuerza en suelos degradados y compactados, incapaces de retener agua. En cambio, un suelo con más materia orgánica es resiliente, almacena agua y permite un mejor desarrollo radicular.
“Cuando un suelo se ‘engorda’ con biomasa, se descompacta y se airea. Así, la infiltración y retención de agua mejoran y el impacto de la sequía es mucho menor”, afirmó.
Un reto urgente
Las conclusiones del Congreso apuntan a que la sostenibilidad de la producción sojera en Bolivia dependerá de la recuperación de la fertilidad de los suelos y de la adopción de prácticas agrícolas adaptadas al cambio climático. En este escenario, la innovación y la investigación aplicada se convierten en los pilares para garantizar la seguridad alimentaria y la competitividad del sector oleaginoso en el país.
Fuente: SCA


